Comparar es humano. El problema es cómo lo haces
Compararnos con otras personas es una tendencia natural: así calibramos, en parte, cómo nos va. El problema no es comparar en sí, sino qué comparas: casi siempre tu propio interior —tus dudas, tus dificultades, todo lo que sabes de ti— con el exterior cuidadosamente seleccionado de otra persona. Nunca ves sus dudas, sus malos días, ni lo que hay detrás de esa foto o ese logro. Comparas tu backstage con el escenario de otra persona, y esa comparación siempre sale descompensada.
Cómo se manifiesta
Revisas redes sociales y terminas sintiéndote peor de lo que estabas antes de abrir la aplicación. Mides tu vida por hitos ajenos: su trabajo, su relación, su cuerpo, su ritmo, en vez del tuyo propio. Sientes que vas "por detrás" en algo, sin poder concretar exactamente en qué ni respecto a qué meta real. Minimizas tus propios logros en cuanto encuentras a alguien que, según tu criterio, lo ha hecho mejor o más rápido.
Por qué las redes sociales lo empeoran
Antes, la comparación se limitaba a tu entorno cercano. Ahora tienes acceso constante a la versión editada de miles de vidas, seleccionada específicamente para mostrar lo mejor. Tu cerebro no siempre distingue bien entre "esto es una selección curada" y "esto es la vida real de esta persona todo el tiempo", y termina comparando tu cotidianidad completa con los mejores momentos ajenos.
El círculo que mantiene la insatisfacción
Comparar da una sensación de información: parece que te ayuda a saber "cómo vas". Pero esa comparación casi nunca aporta datos reales sobre tu vida, y sí un golpe constante a tu autoestima. Cuanto peor te sientes, más necesitas comparar para intentar entender por qué te sientes así, y esa búsqueda casi siempre te lleva a comparaciones nuevas que vuelven a dejarte mal. Es un ciclo que se retroalimenta solo.
Cómo conecta con el síndrome de la impostora y el perfeccionismo
Compararte constantemente suele alimentar directamente lo que cuento en [síndrome de la impostora]: cuanto más te mides con los logros externos de otras personas, más difícil resulta valorar los tuyos propios por lo que son. Y conecta con [perfeccionismo] porque la comparación constante alimenta la sensación de que nunca es suficiente, sea cual sea el punto de referencia.
Qué ayuda de verdad
No se trata de dejar de comparar por completo, algo poco realista. Ayuda mucho más notar cuándo lo estás haciendo, preguntarte si esa comparación aporta algo útil o solo te desgasta, y recordar de forma activa que estás comparando tu realidad completa con una versión parcial y seleccionada de otra persona. También ayuda reducir el tiempo de exposición a los espacios donde más se dispara esta comparación, al menos mientras trabajas la raíz del problema.
Cuándo pedir ayuda
Si la comparación constante te está afectando al estado de ánimo, a tu autoestima o a cómo te relacionas con tus propios logros, puede ser buen momento para trabajarlo en terapia.
Si te reconoces en esto, la primera consulta es gratuita, en Chamberí o por videollamada.
Puedes conocer más sobre cómo trabajo esto en mi página de tratamiento de autoestima y confianza.
Mónica Manrique, psicóloga colegiada M-22681.
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Escrito por
Mónica Manrique
Psicóloga colegiada especializada en terapia breve estratégica. +15 años ayudando a personas a superar la ansiedad, la depresión y los problemas de autoestima.
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