La autoestima puede ser definida como el sentimiento general de valía personal o el grado en que la persona tiene actitudes favorables hacia sí misma (Rosenberg, 1979). Diversos autores diferencian el autoconcepto, que remite a una dimensión cognitiva y descriptiva del yo (quién soy, cómo me veo a mí mismo/a), de la autoestima, que remite a una dimensión valorativa (que siento respecto a mi modo de ser, en qué medida me valoro) (Harter, 1999; Palacios, 1999).
Sin embargo, la mayoría utiliza ambos conceptos indistintamente, sin proporcionar una definición precisa de los mismos (Byrne, 1996). En cualquier caso, son numerosos los autores que plantean que, además de relacionarse con el desarrollo y la felicidad individual, la autoestima/autoconcepto afecta de forma importante a las relaciones interpersonales (Clemes, Bean y Clark, 1991; Elexpuru y Garma, 1992; Hernández, 2002).
Para Coopersmith (1967) existen cuatro criterios para que un individuo estructure su autoestima.
1. La significación: el grado en que el sujeto se siente cómodo y aceptado por las personas que son importantes para él.
2. La competencia o grado que creemos poseer para desempeñar una tarea que consideramos valiosa e importante.
3. La virtud o valoración moral o ética que hacemos de nosotros mismos.
4. El poder o capacidad que la persona cree tener para controlar su vida e influir en la vida de los demás.
Considerando estos cuatro criterios, los factores que influyen en la autoestima del niño y del adolescente serán:
La educación familiar: “Los sujetos de autoestima alta coinciden con el perfil de educación familiar de estilo democrático, es decir, sujetos que gozan de un gran nivel de afecto y comunicación al tiempo que padecen grandes exigencias y controles, aunque los mismos sean ejercidos por los padres mediante técnica basadas en el razonamiento y en la explicación, animando a los hijos a afrontar situaciones que exigen esfuerzo mediante la persistencia en la tarea y, desde luego, siempre dentro de la posibilidades del individuo. Por lo contrario, los sujetos de autoestima baja correlacionan con estilos de crianza autoritarios, poco afectuosos y casi nula comunicación, acompañado de un alto grado de exigencia y control” (González y Bueno, 2004, p.p. 508).
El grupo de iguales. La consideración dentro del grupo, es un componente esencial del auto-concepto y, consiguientemente, de la autoestima. La popularidad y la preeminencia dentro de dicho grupo, condiciona la evolución del adolescente. Pero, según parece, aun cuando es importante la opinión de los amigos, no va en detrimento de la influencia que ejercen los padres, cuyo papel sigue siendo fundamental incluso en la adolescencia.
Los profesores: inciden de forma importante en la configuración del autoconcepto, por ser quienes les evalúan en la escuela y quienes dirigen sus capacidades y contribuyen al desarrollan sus potencialidades.
Características personales: determinan, en gran parte, el éxito o fracaso de una acción sobre el adolescente. Cualquier tarea tiene efectos distintos según las características personales y sobre la autoestima del sujeto. Porque no todos reaccionan de la misma forma, ni su historial personal es el mismo. Ni, desde luego, sus condicionantes psicológicos.
La autoestima, bajo una perspectiva psicológica guarda relación con:
Autoafirmación: el sujeto con una autoestima alta tiende a defender e imponer sus puntos de vista y suele tener mejor rendimiento escolar y originalidad en sus ideas y exposiciones.
Salud mental: una autoestima alta actúa como defensa psicológica ante tensiones y problemas. Se han detectado relaciones entre autoestima y depresión. En general, la baja autoestima puede llevar a sentimientos de apatía, aislamiento y pasividad, mientras que la alta autoestima se relaciona con mayor actividad, sentimientos de control sobre las circunstancias, menor ansiedad, mejor capacidad para tolerar el estrés interno o externo, menor sensibilidad a las críticas y mejor salud física (Lara, Verduzco, Acevedo y Cortés, 1993).
Atribuciones causales: por lo general se realiza la atribución causal de una conducta a
partir de tres factores:
1. El locus, lugar donde situamos la causa. Las causas son internas cuando se sitúan dentro del sujeto y externas cuando están fuera del mismo.
2. La estabilidad: en función de que la causa sea estable o inestable.
3. La controlabilidad o nivel de control que se ejerce sobre la causa. Son causas controlables o no incontrolables.
Al respecto, González y Bueno (2004) aseveran que “El estilo atribucional que un sujeto posea está íntimamente ligado a los sentimientos de competencia o incompetencia a la hora de efectuar una tarea, lo que afecta forzosamente a la autoestima” (p.p. 510).
El fortalecimiento de la autoestima es otro de los objetivos más demandados en consulta, en otro artículo menos académico podré exponer como lo voy trabajando en consulta.
Escrito por
Mónica Manrique
Psicóloga colegiada especializada en terapia breve estratégica. +15 años ayudando a personas a superar la ansiedad, la depresión y los problemas de autoestima.
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