Por qué casi nunca es pereza
La pereza es no querer hacer algo. La procrastinación es querer hacerlo y aun así no conseguir empezar. Son cosas completamente distintas, aunque desde fuera —y desde dentro, muchas veces— se confundan.
Detrás de la procrastinación casi siempre hay miedo, no falta de ganas: miedo a que el resultado no esté a la altura, miedo a descubrir que no eres capaz, miedo a enfrentarte a una tarea que te desborda. Posponer se convierte en una forma de evitar ese miedo, aunque sea temporalmente y a un coste alto.
Qué hay detrás, con más detalle
Perfeccionismo: si no puedes garantizar que va a salir bien, prefieres no empezar. Ya hablé de esto en el artículo sobre perfeccionismo. Sobrecarga: la tarea te parece tan grande que no sabes por dónde cogerla, y esa sensación de agobio te paraliza en vez de movilizarte. Miedo al juicio: temes lo que otros —un jefe, un profesor, tu propia familia— vayan a pensar del resultado. Y a veces, simplemente, la tarea conecta con algo que te resulta emocionalmente incómodo, y posponerla es una forma de posponer también esa incomodidad.
El círculo que lo mantiene
Esperas a "sentirte con ganas" o "con la cabeza despejada" para empezar. El problema es que esa sensación casi nunca llega antes de ponerte a hacer algo: llega después, una vez que ya has empezado. Cuanto más esperas a estar preparada, más crece la tarea en tu cabeza, y más difícil se hace arrancar. Es una trampa que se retroalimenta sola.
Cómo se manifiesta
Dejas tareas importantes para el último momento, una y otra vez, aunque sepas racionalmente que te genera más estrés. Te distraes con tareas pequeñas y poco importantes cuando tienes algo grande pendiente. Sientes culpa o ansiedad por no haber empezado, y esa misma ansiedad hace que sea todavía menos apetecible ponerte con ello. Al final consigues hacerlo, casi siempre bajo presión de última hora, y eso refuerza la idea de que "así es como trabajas", aunque te cueste un desgaste enorme.
Qué ayuda de verdad
No se trata de esperar a tener motivación, sino de actuar primero: dar el paso más pequeño posible, sin necesidad de sentirte preparada, porque la motivación suele aparecer después de empezar, no antes. También ayuda mucho trabajar el miedo de fondo —al fracaso, al juicio, a no ser suficiente— porque mientras ese miedo siga ahí, cualquier técnica de organización o gestión del tiempo se queda coja.
Cuándo pedir ayuda
Si la procrastinación te está costando oportunidades, relaciones o mucho desgaste emocional, y llevas tiempo intentando "organizarte mejor" sin resultados duraderos, puede ser el momento de trabajar la raíz del problema en terapia.
Si te reconoces en esto, la primera consulta es gratuita, en Chamberí o por videollamada.
Puedes conocer más sobre cómo trabajo esto en mi página de tratamiento de bloqueos y procrastinación.
Mónica Manrique, psicóloga colegiada M-22681.
Escrito por
Mónica Manrique
Psicóloga colegiada especializada en terapia breve estratégica. +15 años ayudando a personas a superar la ansiedad, la depresión y los problemas de autoestima.
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